Otra lección magistral del empleado de Murdoch

Leemos en periodismo incendiario

Al empleado de Murdoch lo acaban de nombrar profesor honorario de la Universidad de Ciencias Aplicadas de Lima. Aprovechó para ladrar un poco de rencor por las esquinas. Al no ser un acto íntimo descartó el catalán y al no tener cerveza que eructar después de poner los pies encima de la mesa de Bush tampoco optó por el mexicano, así que su discurso fue leído en la lengua del imperio. Me permito reproducir los párrafos más interesantes de la conferencia:


Al derribar y desparecer el Muro de Berlín, pensamos que el mundo iniciaba una senda de crecimiento y de libertad. Algunos pensaban que había llegado el fin de la Historia y que la libertad y los derechos de la persona se extenderían y se reconocerían a todos en el mundo. Las excepciones que pervivían, como la cruel tiranía de Cuba, se pensaba que aguantarían poco tiempo y que las excepciones cederían ante el impulso irrefrenable de la libertad. La utopía que había guiado a la izquierda durante décadas se había derrumbado estrepitosamente, dejando huérfanos a los izquierdistas que disfrutaban de las libertades occidentales pero que detestaban los fundamentos y los valores de las sociedades libres, imbuidos de la fatal arrogancia que tienen todos los ingenieros sociales.
En ese momento ocurre un fenómeno muy significativo cuyas consecuencias estamos sufriendo hoy en día. Una cierta izquierda, sin utopía y sin ideales, sin argumentos y sin proyecto ideológico, decide emprender sin complejos el camino del relativismo, excusa para socavar los cimientos de la sociedad libre, y abrazar las causas radicales.
Ante la ausencia de proyecto se dedica a intentar socavar los fundamentos de las sociedades libres. Se obnubila ante el radicalismo islámico, fascinado por otra utopía totalitaria, aunque ese suponga negar los derechos y la igualdad entre hombre y mujeres. Decide ganar apoyos dando la razón a grupúsculos extremistas. Han atacado con dureza y resentimiento a la familia; han dado la razón a quienes han utilizado la violencia para conseguir sus fines; se han fascinado con el radicalismo islámico y culpan a Occidente de los embates del terrorismo que quiere destruir nuestras sociedades.

Totalmente de acuerdo con el empleado de Murdoch. Sus sabias palabras me obligan a confesar mi maldad de arrogante ingeniero social izquierdista. Cada mañana, al levantarme, lo primero que hago es planear alguna forma de socavar los cimientos de la sociedad. Pero siempre llego tarde. Intento atacar a la familia (pero no me da tiempo a divorciarme a la velocidad de Álvarez Cascos); pienso en cómo utilizar la violencia para conseguir mis fines (pero no me apaño para montar una guerra civil); busco la forma de ganar apoyos dando la razón a grupúsculos extremistas (pero antes de que me ponga a reclutar activistas, ya tiene Eduardito Zaplana el Movimiento Matacucarachas a pleno rendimiento); trato de culpar a Occidente de los embates del terrorismo (pero se me adelanta algún portavoz del Gobierno mintiendo sobre la autoría de la matanza del 11-M, con los cuerpos de los muertos aún calientes, en busca de una causa tan noble como ganar las elecciones).

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