Yo fui inspector de la SGAE

Sacado de aquí

Nada más firmar el contrato, Enrique estaba encantado con su nuevo trabajo. Un buen sueldo, horarios flexibles y nada de oficina. Como inspector de la SGAE, su cometido era recorrer bares, discotecas y conciertos para que nadie se saltara el «tarifazo». Pero, a las pocas semanas, comenzó a descubrir los quebrantos de su labor diaria: las tarifas abusivas, la hostilidad de los clientes, la presión de sus jefes para que recaudara más, más, más… Por eso, recibió como una bendición la carta de despido que aterrizó en su buzón meses después: «Prefería mil veces estar en el paro que seguir trabajando para ellos», recuerda.

Durante casi un año, Enrique fue uno de los reclutas de la «policía cultural» de Eduardo Bautista. La forman dos centenares de inspectores que se patean las calles a la caza de empresarios que pinchan música sin liquidar la correspondiente factura. En gran medida, ellos son los causantes de que los ingresos de la SGAE se hayan multiplicado por quince en apenas un cuarto de siglo. Y, por el camino, se han hecho un hueco en la galería de profesionales más odiados por los españoles: un cruce posmoderno entre el inspector de hacienda y el cobrador del frac.

De la bolera al prostíbulo No se vayan todavía, aún hay más …

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